|
El Auditorio de la Región de Murcia programó dentro de su Temporada de Danza, la II Gran Gala Clásicos en Danza producida por Vicenta Hellín -Arena bajo el aseroramiento artístico de José Martínez y con la colaboración de la Agencia Artística Pablo Guzmán.
Primeros bailarines de las más importantes compañías europeas, acompañaron al cartagenero José Carlos Martínez, “étoile” del Ballet de la Ópera de París, en una gala casi cien por cien española -sólo tres participantes no lo eran-. Una oportunidad única para ver en escena a algunos de nuestros más grandes bailarines clásicos, algunos muy conocidos, y otros, que a pesar de su talento, no cuentan con el mismo seguimiento mediático, pero exiliados forzosos todos ellos.
Admiramos la clase y elegancia de la escuela francesa con dos de sus más exquisitas estrellas, José Carlos Martínez, acompañado por su pareja habitual, Agnès Letestu, en el ballet romántico Giselle y paso a dos de la Cendrillon hollywoodiense de Nureyev.
Volvimos a sorprendernos con el maestro Forsythe de la mano de dos de sus más destacados intérpretes, los vascos Jone Sanmartin y Amancio González, con fragmentos de Firstext y The Vile Parody of Address.
La madrileña Tamara Rojo, estrella del Royal Ballet, estuvo acompañada por dos partenaires distintos: Bennet Gartside de su misma compañía en Consolation y el bailarín cubano Romel Frometa principal del Ballet de Cuba. Ellos cerraron la Gala con una Esmeralda rica en virtuosismo y en la que Tamara hizo gala de sus prodigiosos equilibrios y giros.
Del Het National Ballet de Holanda vinieron el murciano Juanjo Arqués y la toledana Rebeca Taboada, con dos hermosas interpretaciones de piezas de corte neoclásico, una de las cuales In Hidden Waves era obra del mismo Juanjo a quien descubrimos también un gran talento como coreógrafo. Su otra pieza fue Before After de Annabelle López Ochoa.
 |
|
Rebeca Taboada y Juanjo Arqués en Before After de Annabelle López Ochoa (Fotos/ROBISCO)
|
Y finalmente, el catalán nacido en Madrid, Iván Gil Ortega y la vasca Alicia Amatriaín, bailarín free-lance el primero y primera bailarina del Ballet de Stuttgart la segunda. Fragmento de Vasos Comunicantes de Goyo Montero en su segunda intervención y cerrando la primera parte con el conocido paso a dos de Oneguin. Sólo el paso a dos, pero en una interpretación dramática tan intensa que puso los pelos de punta a más de uno e incluso logró arrancar alguna que otra lagrimilla. Doy fe de ello.
Bailarines que son auténticas joyas y que como tal habría que tratarles, admirarles, mimarles. Cuidarles como lo mejor de nuestra cultura y poder disfrutarlos aquí, como debería ser, no en ocasiones esporádicas y que sean otros quienes tengan el lujo de poder contar con ellas de forma habitual.
Y si la calidad de los artistas y el repertorio elegido ya eran baza segura, la secuencia de las piezas en escena, con un perfecto equilibrio entre clásico y contemporáneo, acabó de redondear la velada.
Tras la función se organizó la firma de autógrafos para todos aquellos admiradores que lo desearan. Una sala del auditorio sirvió a tal efecto y en una larga mesa, los once artistas de la gala no se cansaron de firmar y fotografiarse con la gran cantidad de emocionados seguidores que les esperaban. Un gran detalle de la organización que facilitó e hizo mucho más cómodo el imprescindible trámite, tanto para los bailarines como para los fans.
Para nosotros fue un regalo de los dioses, una noche mágica para soñar y recordar siempre.
|